Puerto de abrigo

June 30, 2009

Cosa dice

Filed under: Cosa dice, Todas las plumas — CopyLife @ 11:53 pm

Rodrigo Castañeda

“Hay pero es que eres más cursi que una col con listones”, me decía la tía Violeta cada que me arreglaba para salir a la calle. Nunca entendí lo que quería decir, pues para mi alguien cursi es aquel que es ridículo en su forma de querer, o lo que es lo mismo, quiere tanto y tan melosamente que entonces es tan cursi como los versos que recitaba Manuel Bernal.

Hoy me doy cuenta de que lo que me quería decir mi tía es que salía a la calle tan arreglado que me veía ridículo, igual que la mujer que va a misa de domingo en vestido de noche y con todas las joyas puestas.

No se sabe a ciencia cierta cuál es el origen de la palabra cursi, pero todo el mundo coincide en que nació en la ciudad de Cádiz y que, muy probablemente, unas damas que se hacían llamar Tessi y Court, nada más por sangronas, tuvieron algo que ver.

Como es lógico, porque la gente es muy malora, a Tessi y a Court les comenzaron a llamar las “Tesicur”, porque además eran conocidas en toda la ciudad por ser de esas personas presumidas, que sin tener realmente de que presumir salían a la calle con todas sus joyas puestas y unos vestidos ridículos, exacerbando sus buenas costumbres, como el tal Oscar de Alquiler que recién colabora con nosotros.

Después el Tesicur derivó sólo en “Sicur”, pues si bien la gente es malora, también es algo floja; de ahí al cursi sólo hay un paso que los letrados llaman metátesis, y que consiste en cambiar las sílabas.

Otra teoría tiene que ver con un versillo que escribió Javier de Burgos en 1899 y que decía así:

Han recibido desde París
las señoritas de Tesicur
Tesicur sí, sí
Tesicur sí, sí
Lindos vestidos de canesú
y capotitas de canequí.

Sea lo que sea, me queda claro que el ser cursi siempre tendrá que ver con lo ridículo.

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Color de hormiga

Filed under: Color de hormiga, Todas las plumas — CopyLife @ 11:46 pm

Óscar de Alquiler

A cuántos no nos ha pasado que estando en el centro comercial, con el tiempo justo para adquirir cualquier cosa que deseemos, vamos al cajero automático y nos tardamos mil años porque hay un tipo, o tipa, que no sabe como utilizar la maquinita. Es como si los hubieran traído desde la época de las cavernas y estuvieran emocionados con tanta tecnología, osea hellou.

Para todo hay reglas de urbanidad, hasta para utilizar un cajero automático, osea nenes que hay que tener educación en todo.

Mire, señor o señora, no sé de qué rancho perdido en la nada venga pero si no conoce un cajero automático no use las horas pico para descubrirlo, esa bola de gente que se encuentra a sus espaldas no está ahí para echarlo porras, están esperando sacar dinero; así que entre menos se tarde usted mejor para ellos. Mejor  vaya de noche, como a las doce o más tarde, para que pueda darse vuelo a gusto y ver como funcionan las maquinitas esas.

Ojo, es importante que si va a sacar dinero traiga ya la tarjeta en la mano, no hay nada peor en la cola de un cajero de Santander que esperar a una señora que pasa cinco minutos hurgando entre el montón de tiliches que trae en la bolsa, para que al final saque la tarjeta equivocada y quiera retirar dinero con la credencial de elector o el carnet del video club.

Es de pésimo gusto que una vez que ya introdujo su tarjeta se la pase veinte minutos averiguando para qué sirven todos los botones de la máquina. No sé si sea muy difícil, pero cada uno de los botones tiene al lado un letrero que indica de manera muy clara su función. No necesitan apretarlos todos para descubrir qué hacen, osea no es al azar que va a dar con el botón para ver su saldo, hellou.

Yo no sé la asociación de bancos, pero creo que se debería reglamentar el uso de una sola tarjeta por cajero, pues nunca falta el naco presumido que se pone a checar el saldo de su tarjeta de débito, de la de nómina, de la de crédito, y ahí ves al tipo ese, sacando y guardando una tarjeta nueva cada cinco minutos, para que al final ni siquiera retirare efectivo.

Resulta también muy desagradable que más de una persona entre al cajero. Yo no sé que sueño guajiro tengan algunos de los usuarios, pero eso de que tengan que sacar dinero con veinte personas metidas en un espacio no mayor a una regadera de hotel de paso acompañándolos, no es saludable eso de que estén todos adentro apretados,  infectando la cabina con su naques y haciendo que huela a sudor ranchero. Y es peor cuando además hay niños, porque a los escuincles les da por lamer los botones del cajero; cuando a uno le toca usarlo ya están todos pegajosos, llenos de babas, guácala. Entren de uno en uno, que no se trata de ver cuántos caben ahí adentro, y si llevan niños, por favor, por lo que más quieran, amarren a sus retoños afuera, para que no hagan muchos destrozos.

Una última recomendación, a ver si así se componen aunque sea un poquito, cuando vayan a retirar dinero de un cajero automático, no se pongan a ver las fotos de los ladrones de bancos que hay en la pared. Yo sé que algunos lo hacen por el bien de la sociedad, mientras que otros quieren ver si reconocen a algún familiar o amigo, pero es molesto que crean que la cabina del cajero es su galería de arte, tampoco es cabina fotográfica, así que resistan la tentacón de saludar a la cámara de seguridad, se ven ridículos ¿Sale? bye.

La maravilla de llamarse

Filed under: Todas las plumas — CopyLife @ 11:20 pm

Maricarmen Pitol

Nombrar es un hábito tan antiguo y maravilloso como el hombre mismo. Mirar hacia el pasado y buscar sus raíces puede resultar fascinante, pues refleja las costumbres y la historia de las sociedades.

En Los diarios de Adán y Eva, Mark Twain le confiere a Eva la osadía de llamar al mundo de alguna manera: “He dado una vuelta por la finca. El nuevo ser la denomina Jardín del Edén (…) Yo nunca me atrevo a ponerle nombre a nada, y en cambio esta nueva criatura se lo pone a todo lo que ve (…) Según ella, con sólo mirarle se descubre que parece un…” .

En tanto que Gioconda Belli en El Infinito en la Palma de la Mano, le da este poder a Adán: “ Nombró y vio lo que nombraba reconocerse. (…). Nombró las piedras, los riachuelos, los ríos, las montañas, los precipicios, las cuevas, los volcanes. Observó las pequeñas cosas para no desairarlas: la abeja, el musgo, el trébol. (…) Él se sabía Adán y la sabía Eva.”

Los nombres prehistóricos que conocemos nos hacen creer que eran elegidos por algún rasgo deseado en los hijos, de sus deidades o animales totémicos. En tanto que sería la Iglesia Católica quien los dictara en la Edad Media.  Las invasiones promovían nombres que reflejaran las nuevas creencias y costumbres.
La realidad es que al nombrar o nombrarnos, las cosas y las personas adquieren un valor distinto, una intimidad con quien pronuncia su nombre, con quien la identifica y la reconoce por su esencia y no como un objeto o sujeto más en el mundo.

¿No es hermoso que Luis Sepúlveda llame a la esposa de Antonio José Bolivar Proaño, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo (DESSEO)?, o que la protagonista de Dos Palabras de Isabel Allende se llame Belisa Crepusculario,  jugando con las letras de su nombre y el título del primer poemario de Pablo Neruda; o que en la Isla de Gont sepan que las cosas y los seres tienen oculto su nombre verdadero, que conocerlo logra la transformación de los seres y la materia y que “El que conoce el nombre de una criatura, tiene en sus manos la vida de esa criatura.”; o que Jaime Sabines nos conmueva: “… Digo tu nombre con todo el silencio de la noche, lo grita mi corazón amordazado. Repito tu nombre, vuelvo a decirlo, lo digo incansablemente, y estoy seguro que habrá de amanecer.”

Y yo me pregunto ¿qué identidad, reconocimiento, belleza podemos encontrar en llamarnos güey los unos a los otros?

La historia del sexo

Filed under: La historia del sexo, Todas las plumas — CopyLife @ 11:06 pm

Rodrigo Castañeda

La Balada de Jack Buchanan tercera parte

No es que yo crea en eso de los horóscopos, pero algunas veces pienso que me tocó nacer bajo la peor alineación de planetaria posible; sólo así me puedo explicar mi mala suerte: recluido en un cuarto de hospital, con el pene fracturado y como vecino un actor escocés venido a menos, que además era un sonámbulo sexual al que había que atar todas las noches a la cama para que no se escapara a tener relaciones con las enfermeras, los pacientes en coma o violar alguna máquina de diálisis.

Ya hacían días desde que Ana, la chava que tenía el hueso de durazno atorado, había sido dada de alta, así que en aquella habitación del Seguro Social reservada a los pacientes con problemas relacionados al sexo, sólo quedábamos Jack Buchanan y yo.

Jack solía salir todo el día, se iba a pasear  o a sus sesiones de terapia, mientras estuviera despierto no había peligro alguno; sin embargo era obligatorio que regresara por las noches para que lo ataran a la cama antes de dormir. Era un tipo reservado y se decía que se paseaba por todas las salas del hospital en silencio, con un rostro que a la mayoría le gustaba para que fuera melancólico. Nunca crucé más palabra con él que el habitual “buenos días” o el “buenas noches”. El escocés se salía del cuarto en cuanto lo desataban las enfermeras y yo que no podía más que moverme hacia un lado, pues todavía el dolor era mucho y el yeso que envolvía mi miembro incómodo, me quedaba solo en la habitación, esperando que llegara la hora de las visitas para ver a E, que aún seguía algo apenada por el incidente del Kamasutra.  No es que me queje, su vergüenza me había resultado benéfica pues en cada visita aprovechaba para llevarme dulces, regalitos, libros, flores, contrabandear hamburguesas o una pizza, en fin, de no ser porque tenía enyesada cierta parte de mi anatomía —y por las explicaciones que tendría que dar sobre el hecho— hubiera disfrutado mi estancia en el hospital.

La hora de visitas terminaba a las ocho de la noche y yo volvía a quedarme solo. Me entretenía viendo la televisión que había en el cuarto, una Zenith de 1987 en la que el único canal que se veía era el dos y se veía mal. Justo después de la última novela, y antes de que comenzara el noticiero, Jack regresaba con su facha melancólica, se ponía la pijama, se acostaba y esperaba a que una de las enfermeras fuera a amarrarlo. Después nos dábamos las buenas noches y nos íbamos a dormir.

La rutina se interrumpió una noche en la que yo había vuelto muy cansado de mi primera terapia de recuperación, por lo que me quedé dormido antes de que terminara la segunda telenovela de la noche. Jack llegó como siempre y se puso su pijama, se acostó y también se quedó dormido esperando a que llegara la enfermera, que en esos momentos se encontraba ayudando a uno de los doctores de turno con un paciente que estaba a punto de morirse; la cosa debió de haber estado difícil para el doctor y la enfermera, pues esta nunca llegó a amarrar al escocés que para esos momento roncaba a coro conmigo.

Nunca he podido dormir boca arriba, siempre pongo el cuerpo de lado y pongo mi brazo bajo la almohada para dormir sobre él. Tengo el sueño muy pesado, por lo que es difícil que me despierte, pero esa noche algo pasó que me hizo abrir los ojos a la una de la madrugada. Sentí el peso de alguien que trepaba a la cama; quise voltear rápidamente pero lo incómodo del yeso y el dolor que aun sentía me impidieron hacerlo, sólo pude voltear la cabeza un poco. De reojo alcancé a ver un mechón de cabello rubio que se acomodaba en mi almohada. Sentí una mano que me agarraba por la cintura y escuché el balbuceo de alguien que habla dormido

El cerebro se me despertó de golpe y miles de ideas se aglutinaron en mi cabeza. “Es Jack” pensé ¿debía de despertarlo?, no, dicen que eso es peor, que los sonámbulos se ponen muy agresivos si los despiertas y no fuera a ser la de malas. Una gota de sudor frío me recorrió la espalda. Esperaba ganar un poco de tiempo para aclarar mis ideas mientras Jack me desnudaba. Entonces recordé que no tenía pijama sino una de esas estúpidas batitas de hospital, esa que tiene la parte de atrás descubierta, fue en ese preciso momento cuando entré en pánico.

June 24, 2009

A manera de editorial

Filed under: A manera de editorial — CopyLife @ 12:34 am

El chiste de la vida es hacer lo que nos gusta y huirle a lo que no. Ser congruentes con nosotros mismos. Sólo así podremos avanzar en lugar de quedarnos estancados en un trabajo, un régimen o una relación sin futuro.

Es necesario entonces que una vez que tengamos claro qué es lo que nos gusta, lo defendamos, sobre todo porque las fuerzas del mal, aquellas esbozadas en su suciedad, corrupción, ambición y malas prácticas, acechan en cada esquina, dispuestas a arrebatarnos el placer de hacer las cosas.

Así esta semana proponemos defender las humanidades, reconsiderar la idea del anarquismo, leer sobre el criminal que, de alguna manera, tienen una moral sólida, aunque no concuerde con la nuestra. Porque en todas esas cosas, en el placer de hacerla, está el chiste, el verdadero chiste para ser feliz.

La encuesta

Filed under: Uncategorized — CopyLife @ 12:27 am

Primeras palabras

Filed under: Primeras palabras — CopyLife @ 12:19 am

“My suffering left me sad and gloomy.”

Life of Pi

Yann Martel

Donald Westlake, el pseudónimo del crimen

Filed under: Las notas, Uncategorized — CopyLife @ 12:05 am

Rodrigo Castañeda

Donald Edwin Westlake nació el 12 de julio de 1933 en Brooklyn, Nueva York. Su inventiva y capacidad de palabra lo convertirían en uno de los escritores más importantes, junto con Dashiel Hammett y Raymond Chandler, de género policiaco estadounidense.

A lo largo de su carrera Westlake trabajó con muchos pseudónimos diferentes: Richard Stark, Alan Marshall,  Alan Marsh, James Blue, Ben Christopher, Edwin West, J. Morgan Cunningham y Samuel Holt, entre otros.

Quizá la serie de novelas más conocidas de Westlake, fueron las protagonizadas por el ladrón llamado Parker. Dicha serie fue presentada con el pseudónimo de Richard Stark y su primer libro ha sido llevado al cine en tres ocasiones diferentes; la última con Mel Gibson en el papel del empecinado ladrón que intenta recuperar su parte del botín de un trabajo que casi le cuesta la vida.

El sello característico de las novelas de Westlake es su facilidad para crear tramas enredadas, donde la traición es uno de los elementos comunes, así como la necesidad de los protagonistas de recurrir a ingeniosos planes para lograr sus cometidos.

Las novelas de Westlake abrevan de sus antecesores para reinventar el género noir. Logra  hacer del criminal un héroe casi helénico, que tiene que pelear contra viento y marea por mantener una moral y una ética única, personal, que no se comparte y que no pueden entender terceros y, mucho menos, civiles.

El 31 de diciembre del año pasado, mientras se preparaba para celebrar el año nuevo en nuestro país, Donald Westlake falleció a causa de un ataque cardiaco. Le sobreviven su esposa Abigaíl y un sin fin de fanáticos que nos hemos deleitado, en más de una ocasión, con uno o varios de sus libros.

June 23, 2009

Odín Dupeyron, una vida en las tablas

Filed under: Las notas — CopyLife @ 11:57 pm

Rodrigo Castañeda

Cuatro años con un monólogo se dice fácil, pero la verdad es que es un esfuerzo importante; dieciséis años siendo Pancho Contreras en Plaza Sésamo también es algo digno de mencionar, pero para un actor como Odín Dupeyron es parte de la vida.

—Desde los tres años he estado en las tablas. No actuando, pero sí entre bambalinas. Yo crecí con Palillo, Carpa México, el Teatro Blanquita, Ortíz de Pinedo papá, grandes personalidades de la escena en México, y desde entonces dije “voy a ser actor”.

Odín terminó la carrera de actuación en Televisa, aunque el teatro es algo que ha corrido por la sangre de su familia. Terminada la carrera comenzó a muppetear en Plaza Sésamo, interpretando al personaje de Pancho, un muppet azul y medio enojón.  Desde entonces ha escrito, ha dirigido y ha interpretado a varios personajes.

—Mi gran pasión es el teatro, el contacto con la gente, el ver el resultado de tu actuación ahí. El teatro da calidad artística, ahí se sabe quién es y quién no es, en la tele te pueden proteger y cubrir, lo mismo pasa en el cine. En el teatro estás y te la rifas. Pero he hecho de todo en mi carrera.

Desde hace cuatro años se presenta en la ciudad de México, en varios estados e incluso en otros países con el monólogo ¡A vivir!, escrito dirigido y actuado por él. ¡A vivir! es su primer monólogo, y en realidad que no es un género fácil pues todo el peso de la obra —las dos horas que dura— recae en él.

—Yo creo en resultados. Creo que hay teatro bien hecho y mal hecho, que se mantiene años y años por lo que es y no por la publicidad o porque está de moda. Yo sigo después de cuatro años. Lo escribí, lo dirigí y lo actúo con el corazón.

Pero Odín no sólo se queda en el teatro, pues también ha escrito libros, el primero de ellos “Colorín Colorado este cuento aún no se ha acabado” fue bestseller en su tercer año de publicación, y a la fecha continua vendiéndose.

—Siempre quise crecer a lo ancho, nunca quise enraizar. Creo que la independencia es la multidepencia y si no actúo pues escribo, sino escribo pues produzco y si no soy muppetero, lavo ajeno, hago tamales, lo que se necesite. Yo hago esto porque lo amo. Soy maestro de actuación porque me gusta, por la necesidad de expresarme. El artista se siente obligado a compartir-se.

En el futuro de Odín hay más trabajo y aunque no está todo planeado si ha bocetado algunos planes:

—Sí pienso en el futuro, porque ahí voy a vivir el resto de mi vida, aunque no puedo planearlo mucho. El futuro va cambiando. Por lo pronto hay una película en puerta con Videocine que se llama Lucas, un libro que se llama El Pancho de mi vida, quince años de ser peludo y azul y algo, aunque aún no sé qué, sobre el amor.

Carismático, de trato sencillo, amiguero, alegre, Odín Dupeyron es un artista completo, que basa todo lo que hace en su gusto por hacerlo. Logra llegar a su público, porque él también es parte de ese público y eso se ve en el éxito que ha tenido con su monólogo y en lo apretado de la agenda que incluye presentaciones en Cancún, Colombia y otras partes de la república.

Cosa Dice

Filed under: Uncategorized — CopyLife @ 11:34 pm

Rodrigo Castañeda

Todos conocemos a alguien que se las da de mucha realeza aunque en realidad se haya criado en Acambay, por ejemplo. Sin embargo estos individuos o individuas, siente que nada más por ser güeritos y de ojo claro ya son de sangre azul.

Cuando decimos que alguien se cree de sangre azul es una referencia a la relación que existía entre los monarcas, en particular la realeza española, y el color de la sangre. Ahora bien, esto no quiere decir que la sangre real sea efectivamente de ese color, más bien la expresión tiene que ver con una creencia popular que tuvo su auge ente el siglo XVI y el XVII en las cortes españolas.

En esa época se acostumbraba que todos aquellos que estuvieran relacionados de alguna manera con la alcurnia, se abstuvieran de tomar el sol, porque según ellos: entre más pálido se tenía mejor pedigrí, mientras que el vulgo, que por supuesto tenía que trabajar en el campo o en la calle, eran más bien tostaditos, signo inequívoco de que eran lo que hoy conocemos como “naco”.

Así pues la piel blanca como el papel, o transparente, se puso muy de moda. Por supuesto que el pueblo, al ver a su gobernantes alcanzaban a verles las venas, que contrastaban por su color azul con la piel de cuija de los monarcas. De ahí comenzó a correr la creencia de que si uno era rey, de seguro tendría la sangre azul.

Oido en la red

Filed under: Oido en la red, Todas las plumas — CopyLife @ 11:16 pm

Marién Ortíz

Esta columna necesita un montón de tiempo de investigación y exploración de podcasts. Al principio era más fácil porque escribía sobre mis podcasts favoritos, sobre los que escuchaba cada semana y no me perdía por nada. Ahora busco podcasts sobre temas interesantes o que por el título me llaman la atención. Bajo todos los capítulos que aparecen en itunes y los escucho y los veo. Muchos no funcionan, no me gustan o no me parecen aptos para aparecer aquí. Hay veces en que se me satura mi ipod de podcasts sin ver y que luego no sé por qué los bajé. Para esta semana tenía yo pensado escribir sobre un audio drama de ciencia ficción que me tenía enganchada, pero la historia se quedó incompleta en el sexto capítulo y no sé si se va a seguir produciendo o si es que no les ha dado tiempo de hacerla. Entonces me puse a escuchar los podcasts que ya tenía de tiempo atrás  que no había podido escuchar.  Me encontré con uno que por ser  de larga duración no me había sentido con el ánimo echarle un oído; pero ahora que ya he escuchado varios de sus capítulos me ha gustado mucho y además es uno de esos podcasts que a mi modo de ver llega un poco más lejos con el uso y el aprovechamiento del medio y la tecnología.

El podcast  se llama History of Photography. Son las grabaciones del curso que da un maestro, Jeff Curto, en una universidad en Estados Unidos. Es por eso que dura entre una y dos horas.

Las lecciones valen la pena, me hubiera gustado tener un maestro de foto así, tan interesado, con facilidad de palabra y nada solemne.

El primer capítulo que escuché lo dejé a medias porque él hablaba y hablaba y aunque sabía de qué estaba hablando y conocía la mayoría de las imágenes, me pareció un podcast medio inútil porque el tema es la foto y no había ninguna foto que ver.

¡Ah!, pero después me di cuenta de que en itunes o en un ipod con video van apareciendo las imágenes de la presentación del maestro y también se pueden ver directamente en la página del podcast.

El tema es historia de la foto, sin embargo las lecciones no van en orden cronológico, un capítulo puede ser sobre el retrato y otro sobre una comparación entre dos fotógrafos de una misma época o sobre la foto y otro medio artístico. Me gustan las lecciones porque Jeff Curto se preocupa de dar una perspectiva amplia sobre el tema e incluye aspectos económicos, sociales o tecnológicos que influyeron en el tema en cuestión. En el bloque de lecciones de este semestre que terminó hay una conferencia sobre la historia de la fotografía del mundo natural que dio fuera del curso ,y un viaje al Art Institute de Chicago; este capítulo, por cierto, es muy interesante.

La mayor parte de los podcasts que he escuchado están hechos por entusiastas, como un hobby, alguno que otro pagado, o tal vez son un programa de radio hecho podcast, o una nueva manera de hacer publicidad. Pero este programa de History of Photography es diferente. No vende, no es hobby, ya existía en un plano más limitado y reducido y al ser transformado en podcast se ha abierto a todos, quienes sean, en donde sean y  ha hecho una interesante aportación al medio.

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