Rodrigo Castañeda
El ciberbrasileño, última parte
Fue en noviembre cuando volvimos a ver a Ana Rosa y para nuestra sorpresa iba sin computadora. Ya se nos había hecho costumbre el verla ir de un lado a otro cargando la laptop, buscando cafés con conexión WiFi para poder decir que salía a la calle con su novio virtual.
Fue tal nuestro extrañamiento por verla sin computadora alguna que, por supuesto, no perdimos tiempo para interrogarla. Nos dijo que ya no iba a necesitar su laptop, que la había vendido para ayudar a pagar el boleto de Luigi, el cibergalán, que llegaría en una semana, en vuelo directo desde la ciudad de Sao Paulo, y se quedaría a vivir en Querétaro, con ella por supuesto.
A ciencia cierta nadie supo qué fue lo que ocurrió con ellos dos, pues fiel a su costumbre Ana Rosa desapareció por varios meses —algunos de los amigos en común incluso creían que el brasileño la había matado—, y cuando volvió a hacer su entrada triunfal Luigi había regresado a Sao Paulo; sin embargo he logrado recopilar algunos hechos aislados que me permiten hacer una reconstrucción, creo acertada, de lo que sucedió en realidad, reconstrucción que me permito compartir con ustedes:
Resulta que Luigi llegó tal como estaba acordado el lunes 15 de noviembre a las ocho de la noche, en el vuelo 3BA158-7 de Continental. Ana Rosa lo fue a recibir al aeropuerto, iba ataviada con un vestido de gasa estampado de flores que aseguraba se le veía muy bien, por lo que el sacrificio de congelarse en la Ciudad de México estaba justificado. No sé cuánto se haga de vuelo desde Brasil, pero asumo que no han de ser menos de diez horas, así que Luigi ha de haber llegado rendido pues no se le ocurrió hacer comentario alguno sobre el vestido de Ana Rosa, hecho que le costó varios puntos.
Se quedaron a dormir esa noche en la casa de los papás de ella, en Coapa. Este hecho coincidió con la visita de una hermana que vino de visita desde de Piedras Negras y que es hipocondríaca, por lo que todos sus temas de conversación giran en derredor de las infecciones, la pus, sistemas digestivos defectuosos y la muerte; sobra decir que estas pláticas son los menos favoritas de Luigi, pero aun así aguantó la noche lo mejor que pudo.
Al regresar a Querétaro Luigi conoció a la hija de Ana Rosa. La impresión del encuentro fue tal, que ni el brasileño ni la niña podían estar juntos en la misma habitación sin hacerse burla, señas o ponerse sobrenombres. Esta conducta por parte de ambos obligó a la anfitriona a establecer diferentes horarios para que tanto el cibergalán, como la hija, pudieran hacer uso de la casa sin tener que verse siquiera. A pesar de todo las cosas fueron bien los primeros días, pero a la semana siguiente todo cambio.
Si la gente dice que todo cambio es bueno es porque la gente no podría estar más equivocada; si los dos tórtolos del ciberespacio hubieran seguido con su rutina habitual no hubieran tenido que enfrentarse a la realidad de que, en vivo, eran tan sexualmente incompatibles como una PC y una Mac. La primera noche que intentaron hacer el amor y fallaron le echaron la culpa al cansancio del viaje, a las diferencias culturales y hasta al nivel del mar, pero después se dieron cuenta de que simplemente no se excitaban el uno con el otro.
¿Qué sucedió? Uno habría pensado, al recordar las ardientes sesiones de sexo virtual que se aventaban, que cualquier roce de USB era suficiente para hacer que Ana Rosa gimiera y Luigi mojara todo; sin embargo ahora la cosa era aburridísima. No había ese misterio, ese saborcito de saber que alguien en otro país te está viendo; tampoco había esa sensación vouyerista de ver a otra persona desvestirse y masturbarse frente a una cámara web. El contacto de las pieles no era tan excitante como la caricia que la luz fría del monitor, que siempre hacía que los pezones de Ana Rosa se irguieran en “firmes”, como si fueran dos soldaditos.
Intentaron de todo para avivar su relación sexual, pero nada funcionó. Mas un día, mientras Luigi revisaba unas cajas con cosas viejas de Ana Rosa, descubrió un mouse, el de la computadora que ella había vendido y que desde ese instante no tendría más propósito que servir a los oscuros deseos de ambos. Emocionado con su descubrimiento la llamó. Ella, después de subir a su hija en el camión de la escuela, bajó a toda prisa. Entonces la pasión se desbordó. Luigi ató a Ana Rosa a la cabecera de la cama con el cordón de mouse. Ella se excitó inmediatamente y húmeda continuó con el juego, pidiéndole a su amante que le frotara el cuerpo con la bolita de la interfase, petición que él cumplió presuroso, entre muchas otras.
El mouse aguantó lo que pudo —más o menos como tres meses— pero el cordón terminó por reventarse la noche en que el brasileño era latigueado sexualmente por una Ana Rosa vestida de cuero. Sin este periférico la relación amorosa volvió a enfriarse, ayudada por supuesto de los constantes pleitos entre Luigi y la hija, la falta de trabajo del brasileño y los continuos reclamos de Ana Rosa, que exigía que el cibergalán hiciera algo con su vida.
Terminaron el catorce de febrero, al día siguiente Luigi tomó el avión de regreso a Sao Paulo, donde llegaría a destruir su computadora con un bate de béisbol; ya después desempacaría.
Ana Rosa por su lado trató de recuperar la vida que le quedaba; sin embargo algunas veces, cuando le da en serio la melancolía, se va a las tiendas de cómputo o a los congresos de Ingenieros en Sistemas del Tec, para tratar de vivir nuevamente ese gozo y esa pasión que sentía al estar frente a una computadora.